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Meraki.

Solíamos salir a echarle un vistazo al mundo,
nos quejábamos de todo.
-La gente te besa,
sin saber hasta dónde
pueden besar-.
Pero algún día dejaba de ser como cualquier otro cuando mirábamos y no con los ojos. Cuando las grietas no eran selladas sino atravesadas, por un haz de luz que te recorría todo el cuerpo fascinándote por fuera. Como pedir auxilio a gritos, pero no para uno mismo.
Hacíamos gárgaras con el pasado influenciándonos por la buena suerte de cruzar los dedos y no los brazos. Lo último siempre traía consecuencias, y las consecuencias si no ocurrían con un poco de perseverancia no valían nada.
Tiempo atrás estuvimos hablando y no nos entendimos, blanqueamos un poco el futuro respondiendo preguntas que jamás nos ocurrirían. Y poco a poco se dice demasiado pero nosotros no abrimos la boca, más bien nos cerramos la vida.
Estuvimos de acuerdo en algo que acababa en nosotros pero siempre nos llevábamos la contraria. Queríamos vivir, y morirnos ahora que estábamos juntos. Nos hicimos tatuajes con los dientes y varios desayunos a las doce del mediodía. Nos besábamos mucho para lo poco que lo pedíamos.
En el fin no había ni un adiós, ni una sola despedida, tampoco firmamos contratos de mierda. Nos pasábamos la vida husmeando en las tiendas, entrábamos y salíamos con las ganas de habernos llevado un poco más. Como con la risa, que baja hasta el ombligo y le quita el puesto. Se convierte en el epicentro de mi constante temblor, tumba murallas y poco más de lo suficiente como para hacerme creer en las friendzones.
No es que esté pidiendo un ultimátum, pero si fuera la última vez que pudiera pedir algo, pediría un final triste para que haya una segunda parte: que dicen que siempre salen bien.

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