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Cenizas.

Estoy tratando de orbitar a este desorden emocional,de poner en su lugar algo que nunca ha sido de nadie.
Es como dar casa y hogar a un vagabundo que quiere romperte las piernas,
hacerte llorar
o apagar tu risa.
Sigo tratando de inventar un medio de ascensión
incomparable a los ascensores que dan al cielo,
a las escaleras con escalones de colores
y a las subidas de ánimo o adrenalina.
Nunca he creído en los bajones tontos,
siempre he estado sujeto a una situación de vulnerabilidad
que no quiere levantarse del sofá.
Y es que siempre, siempre,
antes de irte tienes que desconectar la estufa,
para evitar un incendio.
Lo mismo con los sentimientos,
que si están vivos no dejan vivir
y son como ese niño pequeño que no para de llorar porque tiene hambre.
Para alimentar una boca basta con decir lo que sus oídos quieren escuchar,
y yo lo más parecido a un psicólogo de los de hoy día
lo he encontrado en la barra de un bar.
Por todas estas cosas siempre cuento
lo despistado que he sido,
porque he querido salir por la ventana
cuando siempre tuve la opción de elegir la puerta.
Por eso,
tres caricias después,
se me ahoga el alma
cuando fui yo 
quien abrió el grifo
para darle dirección y sentido
a la vida de un río que se secó hace tiempo.

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