Ir al contenido principal

Me gusta estar en casa.


A pesar de todo este drama que se ha montado por una enfermedad que desconocemos por completo, estar en casa no es algo tan malo.

Hay personas que nos están amenizando esta cuarentena que se ha vuelto viral a nivel mundial. Hasta Willy Fog le tiene envidia. Va en serio, jamás pensamos que el mundo fuera a adoptar esta postura de defensa contra algo que, a simple vista (desde el ojo ajeno), parece una gilipollez.

A día de hoy, aún no he visto en persona a alguien que tenga esta enfermedad y eso no quiere decir que no crea en ella. De hecho, soy consciente del daño que habría que pulverizar antes de tiempo.

A muchos, parece que el siglo XXI les venga enorme. Ni los altos cargos del gobierno están a la última de todo esto. Es muy fácil poner unas normas y mandar acatarlas, pero nos están quitando un pedacito de nuestra moral.

He visto a un policía local multar por error, por acierto y por sus ganas. Porque, al fin y al cabo, los comercios pierden dinero y el estado se convierte en estado de subsistencia. No sabemos a qué pata atarnos, aunque seguramente lo hagamos a la última que se mantenga en pie.

Estoy en Sevilla y mi familia a 50 kilómetros de mí. Tan cerca y a la vez tan lejos. No puedo acariciarle la cara a mi hermano de cinco años ni ayudar a mi madre con las bolsas del súper. No puedo decirle siquiera a mi hermana que eso no está bien, ni decidir sobre qué canal de televisión se pondrá esta noche en el salón.

Creo que todos debemos hacer algo por alguien, y esta vez, el del espejo va en último lugar.

Va a parecer una gilipollez, pero ayer y hoy me he sentido algo desplazado. Tengo amigos que escriben y no poetas, porque todos han muerto, pero ninguno se ha acordado de mis sentimientos.

Esto me lleva a decir que en este vil planeta se valoran más los sentimientos de algunos que de otros. Sin ponerlos a prueba, ni compararlos o buscar solución.

Todo esto de los sentimientos me recuerda al Coronavirus, porque quien vive estando muerto deja de contar para la raza humana. Y eso, amigos míos, no es equidad.

Mi novia me pidió hace unos días que os hable de la equidad, pero ni yo sé qué deciros. Si alguna vez la veo por la calle, si escucho sus mejores canciones o pruebo su mejor bocado, os contaré la experiencia.

Pero, mientras no se pronuncie, no pienso articular palabra alguna o, tan siquiera, dudar de su existencia.

Comentarios

Entradas populares de este blog

A mi pesar.

 Me ha tocado ser indeleble. Adoptar al viento por la envidia del levante y la ley de la atracción que supone manejar el campo de visión que se me otorga a casi trescientos sesenta grados. Nunca tengo la periferia cubierta del todo. Siempre hay un atisbo, un espejo en ángulo muerto, un visor retro que me dice hasta cuándo estuve y la escala del cómo.  Ahora me ha dado por diseñar gráficos para comparar mi vida y obtener las malditas analíticas de cuánto he mejorado desde que nos despedimos. Lo jodido es que lleva casi un año sin actualizarse porque no tengo tiempo para pararme a pensar. Estoy mejorando, pero no sé medir la velocidad ni los peldaños. No sé en qué flaqueo ni lo que supero con creces. Mi vida es una expectativa. La realidad es que estoy cómodo, no sufro de más pero no dejo de sentirme insuficiente. La diferencia es que es muy diferente. Antes tendía a echarme a llorar y ahora suelo atenuar la importancia hasta alterar la indiferencia que me causa con respecto al ...

La rueda.

Me niego a pensar que no. Quiero decir, en la posible ficción que se crea en tu rubor y mi asfixia. No puedo ejercer con tanto jugo. Hace unos días, pensaba en los demás, en sus ojos. En lo que ven, lo que captan, lo que observan. Y no son tan capaces como nosotros. Porque si tiro más del hilo, encuentro una punta anudando a otra, un extremo consolando a su reverso. Y no es así como las distancias se plantean. Hay veces que uno las atora, las diversifica de tal manera que uno conversa con la interperie y uno reflexiona a gusto del consumidor. ¿Cuánto tiempo debemos mirarnos? Un segundo, uno, y ya han pasado veinte. Si intento materializar el éxito que supone pasear en ti, con tus puentes y cornisas, mantendría un fin arquitectónico y una deuda posiblemente insaciable hasta el resto de mis días. Me refiero, esta atracción ya no cabe en mi mesita de noche. Me devuelvo al lugar donde empecé y me dibujo, sentado, mientras te explico cómo funcionan los literatos y el romanticismo, que el si...

Ya no quiere ser fuerte.

Ya no salta. Piensa que se ha hecho mayor y que ya nadie quiere jugar a ser el astronauta que va saltando sobre sus lunares. Dice que está triste, que el mundo está triste. Y eso la hace estar más triste aún. Se le ha escapado una sonrisa, corred y pedid un deseo. Deseo no estar aquí. Deseo ser libre atada a sus brazos. No me acuerdo, pero era preciosa. Y educada, siempre me preguntaba si quería echar otro. Adivinadlo, no estoy hablando de pitis. Cuando el sol se pone su mundo se agita, se vuelca, se consume. No se siente capacitada para vivir sola, y define sola: sin ti. Mira por la ventana buscando excusas, un viento que venga con propósitos y dos cojones para reformar su corazón, su cajita fuerte. Grita a sabiendas de que no la escuchan, pide auxilio en voz baja porque no quiere que nadie la suba a su espalda. Le dan miedo las alturas, pero volar es su hijo pequeño, el amor arcano del que no ve sólo porque no quiere ver. Hace laberintos en su mente, se pierde por un mundo que...