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Escribo por la sal y por la sangre.

Escribo por la sal y la sangre.
Por las manos que albergan los comienzos y las articulaciones que articulan el abrazo.
Escribo por si sale mal o porque quiero que salga bien.

Puede que tal vez lo haga para comprender al que grita,
al que se calla,
al que se asfixia.

No tengo la omnisciencia de la salvación del que ríe
ni la cruz a cuestas del que llora despacio,
casi sin alma o aliento
que pare la metamorfosis de la tristeza.

Puede que solo lo haga por si las moscas,
las panteras y los osos no nos entienden.

No hay bella más bestia que las piernas que no se abren.

Los ojos, al fin y al cabo, no pudieron ser el reflejo del alma.
Lo entendí aquel día que bajaste la mirada
y el telón
y los minutos.

Supe que tenía que escribirlo todo
aquel día que se repite en mi cabeza.
Y se repite, y se repite, y se repite.

Ya iba siendo hora
de que un poema como este
llevara el timón
que ni las manos
ni los ojos,
ni siquiera los abrazos,
fueron capaz de alumbrar mi camino.

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