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Tu nombre.

Así sonaba tu nombre. Como una revolución perdida en medio del vigésimo planeta. Como un pájaro en la azotea deshabitada. Tu nombre era aquel sargento que prohibía la desmesura de las estrellas. Era, como lo incognoscible, impenetrable atuendo de voces coristas que, detrás de un velo, desmantelaban la estrategia del fin del mundo. Tu nombre era el comienzo. La catarsis vomitando impurezas. El desdén abrazando a la primavera. Tu océano de mujer siempre atrajo a la sed de mi venganza. Yo ya solo lloraba orillas. Olas muertas de calor en un invierno voraz y catastrófico, donde las nubes dejaron de dibujar los sueños y los niños tenían miedo a decir la verdad. Hubiste hechizado a aquel mundo que parecía bailar mientras tú silbabas. Aquel gargajo de dudas que expulsó a todas las incógnitas. Nunca estoy mejor sin ti. Pero lo parezco. Parezco tantas cosas que no soy ninguna. Y no exagero cuando finjo estar triste. La tristeza me invade, me sepulta, me entierr...

Todas las veces que te quise.

Normalmente me planteo si todo lo que se ha apoderado de mí, tendría el valor suficiente para quererme libre. Si casi rozando el pensamiento lúdico, me vería enfrentado a una infancia capaz de desarrollar alguna que otra técnica que corroborase lo obsoleto ante el paso del tiempo. Casi nunca también es para siempre. Es una sensación de despropósito que disfraza al día a día como si el pasado pudiese transformar el futuro, pero eso no funciona si alguno de los dos dejamos de estar presentes. Aún recuerdo la primera vez que te quise, fue como una puñalada a la tristeza, como un agujero negro que contiene una fuerza inhóspita pero que sabe a cielo y puede tragar y tragar como si no hubiese fondo ni límite para las cosas desagradables. Tú nunca cupiste dentro. Siempre te quedas al borde, en la esquinita callada, decorando el filo de la muerte con un poco de vida. Desde un segundo plano pusiste nombre al primero. Desde una ventana, lograste abrir una puerta. Una puerta hacia el finito inf...

Confusa concepción de amor.

“La vida oscila, pues, como un péndulo entre el sufrimiento y el tedio”. –Schopenhauer El sentimiento ha sido estudiado en torno al punto filosófico desde los griegos cuando Aristófanes afirmó que el amor es el sentimiento más grande que tiene el ser humano y que nada se puede comparar con el placer de sentirlo.  Por otro lado, Platón  culpaba al amor de poseer al ser humano por sus faltas y no por su voluntad, pues es una condición del ser humano el desear lo que no se tiene, aburrirse cuando se tiene y desecharlo para necesitarlo otra vez. Un círculo vicioso en el que se encuentran la mayoría de las personas en la actualidad. Spinoza tenía una idea que se ubica en medio de las afirmaciones pasadas; el hombre ama porque le causa una alegría, pero dicha alegría viene de un estímulo exterior que lo hace querer más del otro que de uno mismo. Así, el deseo y la pasión con la que ejercemos el derecho de amar sigue siendo un estímulo social, una forma de adaptac...

La oscuridad es un trozo de luz infravalorado.

Me ha dado por encerrarme hasta gotear soledades. Martirizarme hasta el punto de no saber dar más porque saber qué entregar y no hacerlo me sigue pareciendo una falta de respeto. Me ha dado por afrontar los problemas sin hacer caso a las soluciones. Por subir a escaleras sin peldaños y adornar las calles con el color más gris de la escala de grises. Está bonita si cierras los ojos. El flujo de sucesos meridionales contrapuestos al color lo discuten tres idiotas principales, de los cuales si se insultan entre sí, acaban formando un sin fin de maneras de pintar la vida. Imagina la que nos ha tocado observar. El negro es un insulto. Un color obsoleto y amoldado para aquellas personas que quieren respirar, y lo hacen de la manera más abstracta que conozco: la de los errores que otros cometen y luego no pagan. La última vez que vi un coche amarillo pensé que la vida podría tener esos momentos en los que se producen una pausa, vuelves al pasado y ocurren todas esas...

Casi nunca soy lo que me propongo.

Yo creía que, al final, todos íbamos a cambiar. Que el chico obstruido al final de la clase terminaría dando una lección de sonoridad. Que la chica acusada de todo acabaría convirtiéndose en la culpable de la felicidad de los demás. La aceptabilidad a la astucia también hace que las personas evolucionen.  Todos, en algún momento, daríamos la sorpresa esperada. De eso va creer, pensar que, imaginar. Adaptar una conciencia inminente. Un chorro de conceptos que pisotearían a la persona que fuimos. Incluso pensé que podíamos dar patadas al futuro. A lo que seremos. A lo que queremos ser. Una patada a la boca que escupe. A la boca cerrada. A la lengua desatada. Y no.  No todos cambiamos. Solo metamorfoseamos a perspectivas diferentes. Hoy soy yo, y mañana, quién sabe. Lo mismo soy lo que otro ha destruido. Lo que han decidido crear. Pero casi nunca soy lo que me propongo.

La mentira es una cura falsa.

Mentiría si pudiera y te suplico que lo hagas, que la cobardía no aguanta súplicas de hervores obscenos, no sabe de errores porque ignora todo acierto capaz de tropezar dos veces con el mismo beso. Mentiría si supiese y te suplico que me obligues. A veces pienso que hablar mal de alguien mata el miedo que aterra a esa persona por la sensación de terminar siendo conquistada por él. Miénteme si eso va a hacer que te piense menos. No menciones mi nombre si mi recuerdo no te llama, ni tampoco martirices a mis polillas porque aleteen a juicio propio alrededor de tu luz. Miénteme si me quieres más de lo que pido, si no llegamos a fin de mes y esta vez tampoco podremos hacer más que encerrarnos con la nuestra. Te mentiría si te quiero menos de la cuenta porque no me saldrían las sumas necesarias para llegar a un final después de tanto principio. No me gustaría sobrevivir a la caída de un precipicio mortal. Miénteme si tengo algún prejuici...

Naufragio I.

Extraña como la grieta profunda que no ampara, como el rayo que termina por cesar en picado, acantilado que en el alma vive sosegado y preso por mi cruz en la altitud no deseada. Maldito calvario de punzantes espadachines apadrinados en la hambruna de aquel que los cría, que por medicina tosca todos los malvenires no apacigüen el amargo sabor del alma mía. ¡Ay mi Dios! ¿Cuál es el precio del amor insistente? Que por sentir se acongoja y asciende por las ramas tras partir de su lecho dicha dama de la muerte. ¿Qué más? Si no hay, si no tengo, si no dispongo. Que viajé por bocas y por perdido me di entero, por la orilla de su risa, rendido, toqué fondo.