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Naufragio I.






Extraña como la grieta profunda que no ampara,
como el rayo que termina por cesar en picado,
acantilado que en el alma vive sosegado
y preso por mi cruz en la altitud no deseada.

Maldito calvario de punzantes espadachines
apadrinados en la hambruna de aquel que los cría,
que por medicina tosca todos los malvenires
no apacigüen el amargo sabor del alma mía.

¡Ay mi Dios! ¿Cuál es el precio del amor insistente?
Que por sentir se acongoja y asciende por las ramas
tras partir de su lecho dicha dama de la muerte.

¿Qué más? Si no hay, si no tengo, si no dispongo.
Que viajé por bocas y por perdido me di entero,
por la orilla de su risa, rendido, toqué fondo.

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