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Tu mundo era ese.

A ver,
yo no es que esté totalmente de acuerdo con eso de que
si quieres; si quieres de verdad,
tengas que estar dispuesto a todo.
Tampoco me gusta hablar del tiempo que se pierde
intentando encontrarte en otra persona,
y crees que no lo pierdes,
porque te hace ver que puedes pararlo.
Y no,
pasa tan rápido como cualquier fin de semana
tirado en el sofá,
porque no tienes otra cosa que hacer
que intentar no pensar en aquello
que te hace una señal de stop
al intentar cruzar gran vía.
Miles de semáforos en rojo,
personas esperando,
humo, mucho humo.
Y ruido, de coches;
parejas gritándose;
su risa en tu cabeza.
Sientes como el viento te
araña un poco la cara cuando intentas
levantar cabeza,
o simplemente te deja los ojos secos al
querer invertir la vista.
Tu mundo era ese,
era ese árbol que pasaste de largo cuando cruzaste por el parque,
era ese tren que sacudió a toda hostia el volante de su falda; y te lo perdiste.
Tu mundo no era más que unas clavículas que desviaban los rayos del sol,
no era más que unas pestañas torcidas de tanto haberlas colocado sobre tu pecho.
Desnudo,
y ahora qué.
Por qué no decidiste matarme cuando lo tenías fácil,
y me ahogas día tras día en este sin fin de cuchillos que caen sobre mí.
Porque sé que no vas a volver,
si no ya hubiera salido a buscarte con un par de pelis porno y chuches.

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