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mist.

Creo que si la esperanza existiera de verdad, no nos tendría más tiempo separados.
Alguna vez pensé que si fuera cierto que bajo la lluvia solo aguanta el que se quiere, estaríamos nosotros dos en medio de esa calle mientras la lluvia cae con la intención de matar a algún que otro poeta desolado.
Sabes, el mundo sigue cayendo. Nos vio pasar de largo y Madrid no se lo creía.
Si estábamos juntos en esto dime por qué me siento como si mi propia sombra hubiera elegido ser tu chaleco antibalas.
Qué menos que dejar que me quiera un poco, ya que lo último que deseabas era que intentara darte lo mejor de mi.
Y ahora no me arrepiento, de no haber podido darte más.
En cierto modo, me dejé las buenas noches en cada rincón de tu habitación, algún que otro te quiero en el cajón de arriba de tu mesita de noche.
Aún no se me han cumplido los deseos que solía pedir a las estrellas. Tal vez porque ya ni las estrellas fugaces me dejaban el tiempo necesario para intentar no echarte de menos.
Maldita costumbre la mía.
Es como si te viera en cada lugar que piso.
Me sigue entrando prisa cuando quedo contigo, pero ya no importa, tú ya no me estás esperando.
Existe una especie de niebla que no me deja ver con claridad qué es lo que te hizo pensar que podrías vivir sin mi.
Y no encuentro una excusa mejor para largarse que la de luego volver con más ganas de abrazarte.
Como si cogiera impulso al no tenerte por unos segundos.
No estar contigo me da la vida que me quitabas cuando me besabas el cuello.
Aunque, bueno, supongo que tampoco ella se queda.
El tren sale un día más con veintiséis segundos de retraso.
Los mismos segundos que me faltaron a mi para contarte que te habías equivocado de andén, que quien te esperaba con los brazos abiertos en esa parada no era yo.
Pero esa es otra historia.
La tuya, supongo.

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