La letanía que me hace despertar es la misma que me condena. Una sinfonía exacta: tres, cero, cuatro. Los números no se equivocan. Tampoco lo hicieron las personas que se fueron. Pero porque una cosa es huir, y otra irse. Huir parte de una súplica, indebida, tal vez, hacia dentro. Pero irse es cosa de valientes, irse cuesta mucho más. Decirlo en voz alta, maldecir tres veces haberlo dicho, cumplirlo. Ese es el plan. Marcharse. Obligarte a olvidar, a dejar atrás, a extrañar, a dejar de sentir por los sentidos. No al gusto, tampoco al tacto. No se oye más, ni se huele, ni se ve. Se bifurca , se pelea uno con uno mismo, se prohíbe, se delata. Por supuesto que tiene que ver con quien se queda. Es decir, mantienes algo, lo que ocurre es que ni puta idea. Algo dócil, que estremece, que suena a verano, ahí hubo calma. No la hubo, la ofreció. Irse es cosa de locos porque huir lo es más de tontos. Y yo soy un poco las dos cosas, porque he estado tan loco por irme, que me he sentido increíblemen...
Gran verdad. Estamos incompletos, y cada persona se lleva algo... pero nosotros también nos llevamos algo de ella. Duele, pero es necesario, aunque sea para no quedarnos del todo.
ResponderEliminarUn saludo, no pierdas todas tus piezas.