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Sométeme a tu risa.

A hurtadillas por la casa, apretando los dientes, intentando no meter las manos en los bolsillos. De pie, en una esquina de la habitación mirando el recuerdo fotografiado en mi mente. Lloro, me noto frágil y cobarde por no saber cómo llamarte después de que no vinieras nunca. Porque la verdad es todo aquello que no nos esperamos y tú solo eras una mentira. Desde entonces creo en los demonios, en la gente falsa que me dice cosas bonitas de ti. Pregunté por qué y sonreíste, luego yo y entonces no quise más explicaciones.

Y por supuesto.

Estamos mal acostumbrados. Creemos no saber cual es nuestro sitio hasta que alguien venga y nos lo diga. 'No estoy hecho para esto, aquí sobro.' Tenemos en mente un lugar maravilloso pero ponemos una señal de prohibido pasar en la entrada. Y la verdad es sentirnos abrazados, lo mas real del mundo es esa mano que te invite a pasar porque así todo es más fácil. Pero algún día tenemos que mirar las reglas: Tu lugar no es un sitio con esa persona, sino esa persona con muchos lugares dentro del bolso. Esa tarjeta amarilla que te advierte de la siguiente y te obliga a no volver a fallar. Ese castigo que te ponían en la escuela para que no volvieras a cometer el mismo error. Lo cierto es que el disco duro está a rebosar, pero en la memoria interna siembre hay unos cuantos gigas de más dispuestos a aceptar sonrisas que te lleven por el mal camino y te acostumbren a cosas que no son las más acertadas, pero son las que te hacen más feliz. Hoy voy a equivocarme, mañana pensaré en todo lo ...

Vaya miedo.

De nada sirve apagar las luces si ya no me van a ayudar a meterte mano bajo las sábanas. Ahora saber de ti es una cuesta arriba interminable, y yo siempre rodando.  No barajamos bien nuestras cartas, incluso algún caballo se perdió y quiso galopar por tus pestañas. Eras desierto lleno de agua, libros repletos de frases bonitas que contar al mundo.  Una vez te esperé y creí que nunca volverías: vaya miedo. Sabes, el mundo me ha enseñado una cosa, algo que no es tuyo, porque tú no lo quieres. Me ha enseñado a ser fuerte, a gritar, me ha dicho que debo caminar por casa descalzo, perder los calcetines, me ha enseñado a besar el suelo, a recordar, a dejar ahí. No hay que reciclar amores de pegatina, porque puedes no ver donde se pega y saber perfectamente en qué lugar de tu cuerpo está. Ahí, en esa historia, en esa página. Pero por detrás, desde aquí no se puede despegar. He visto mogollón de películas de asesinatos, y yo he cambiado un poco la nuestra, aquí el crimen, siempre vuel...

Lo siento.

Lo siento. Siento si te quise más veces de menos que de más. Lo siento si prometí no prometer y acabé haciéndolo por los codos. Lo siento. Siento haberte llamado universo, siento haberme estrellado en cualquier planeta de mierda. Siento haberte puesto ante todo y hacer que fueras mi escudo. Lo siento. Te pedí que fueras mi vida, cuando ni yo no sé llevarla. Te grité de puntillas que me dijeras cosas bonitas, y me estabas pasando tú. Lo siento, siento no poder sentir menos, siento que tuvieras que despedirte con las ganas de quedarte a mirar  aquel desastre, que no te iba a cambiar la vida, porque te prometí sentir, te susurré que gritáramos, pero no quería que nadie nos oyera. Entonces vi el fallo, supe que yo tal vez, no estaba hecho así sin más, del material necesario para cargarte las pilas que llevan esas ganas tan tuyas de vivir (conmigo). 

Nunca fuí.

Si me paro a pensar un poco en mi, la voz de fondo siempre es como la tuya. Cada vez que creo que soy un caos que no sabe dónde apalancarse, te me pones delante para indicarme la salida de todo esto. Si me paro a pensar quién soy, soy tus ganas de vivir (o de que vivas) conmigo. Y los ceros empiezan a valer algo cuando se colocan a tu izquierda. Las montañas rusas se frenan, para ver como te queda el peinado y no destrozártelo. Que ni la magia se atreve a tocarte, eres el milagro que acaba con toda la tristeza de este maldito planeta. Soy paralelo a ti, pero invisible. Algo debimos de hacer mal para que sienta todos estos gusanillos por abrazarte. En algo se equivocó toda la suerte del mundo cuando se sentó a mi lado y empezó a hablarme de ti. Y yo nunca fui un límite, una despedida no deseada, la razón de unos saltos de alegría. Pero cariño, llegaste tú y pusiste algo de color al gris del cielo, le diste forma a mis nubes que no llueven si...

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La miré a los ojos sin pedirle permiso. Abrí la puerta sin preguntar quién era. Me lancé al precipicio sin estudiar la caída y la altura era lo más parecido a intentar enseñar a alguien a querer de verdad. Y lo que sea de verdad, es conmigo. Porque si es conmigo ahí estás tú; porque si estás tú en alguna parte estaré yo. Ese día no me iba a poder permitir una excusa, una razón por la que olvidar otras muchas razones.  Pero calma, creo en las casualidades y  si esta vez soy yo quien llamo, ahí estarás tú con esa sonrisa.

173.

Qué tal si quedamos un día y buscamos ese secreto que guardan los domingos. Me da que no voy a conseguir volver a casa, que me he perdido en el portal de la tuya. A veces pienso en tu sonrisa, y me da por preguntarme si seguirá destrozándolo todo a su paso. También necesito abrir los ojos, tenerte delante, cerrarlos ciento setenta y tres veces más y, bueno, que sigas ahí. Solo eso, y que me eches de menos. Que sientas todo lo que yo siento. Incluso lo que no. Solían decirme que, a veces, alguien llega en el momento que se va, y yo te he preparado café, por si le coges el gustillo a vivir sin mi y te quedas toda la vida.