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Intangibilidades.

Me duele en el alma saber que hay vientos que van en contra de la marea. Decir que el desastre es culpa de la Luna es promulgar el odio hacia la parte que sana, aludiendo un gesto múltiple de caricias que decretan nuestros lamentos. Me gustaría que el papel fuera herida y el bolígrafo sangre, para así hacer con las vendas lo que el amor sustrae del trapo sucio. Lo que los ojos tapan no se descifra con testimonios de poca monta, solo el cuerpo sabe por qué y de qué manera se siente atraído por los otros celestes. Ser o no aurora boreal, de esas que ya no quedan, es igual que pulir de piel sobre la que está a punto de morir, ya que mudar la piel es la referencia que a todos nos cuesta aceptar. Preferiría decir que sí a vender penurias, porque lo una vez llorado no se vuelve a destapar con nada. Quiero decir que, el llanto, de alguna manera u otra es la gota que colma los mares, porque las nubes son parte del odio y del fraude que otros causaron en el camino, pudiendo generar gestiones innecesarias sobre las que alguna vez, las agujas, sintieron dolor. Lo que se clava es el acto y no la intención, el énfasis carente de empatía, la fragua que se calienta de tanto abrir las piernas en el momento equivocado. Porque el alivio no entiende de fronteras y, siempre o casi siempre, tendemos a quedarnos en el lado que hunde y hace tropezar. Y que, nosotros las personas, jamás estaremos preparadas para lo intangible. 

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