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Vendas.

No me termina de gustar que la locura se apiade de nosotros, como si fuese un gatito aterrorizado. Estamos tan tranquilos hasta que, un día cualquiera, viene otro cualquiera y se atreve a decirnos que lo que creíamos fugaz e ingenuo no eran más que pensamientos abstractos, que lo que creíamos capaz de todo se convirtió en algo insignificante desde que apostamos por un destino concreto.

Creo que la finitud de lo inalterable no llega muy lejos, porque por la misma regla de tres, eso de que: "las mentiras tienen las patas muy cortas", la verdad apenas ha aprendido a andar.

Y acabamos dando alas a lo que nos vio nacer provocándonos un dolor de cabeza de tres mil cojones, pensamientos que no se callan porque en otras cabezas murmuran que todo lo que debería perdurar también puede escribirse a lápiz.

Al fin y al cabo, los cabos se sitúan en el fin, y nosotros de por medio, creyendo que hay vida después de la muerte y movidas que no hemos experimentado pero luego pondríamos las manos en el fuego por ellas.

Eso es apostarlo todo, aunque sea por una nada que no ha cumplido su deber muchas veces. Y una de ellas se ha sentado a nuestro lado y nos ha dado palmaditas en la espalda.

Y en lugar de "te lo dije", resuena un tenue "ya verás de lo que soy capaz, si cierras los ojos."

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