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Da igual cuando leas esto.

Da igual cuando leas esto.

Solo quiero que no lo olvides,
que lleves incrustado en ti
ese pedacito de mí que te ofrecí con todas mis fuerzas.

Ese niño que intentó salir ileso
y acabó llamándose iluso.
Aquellas confesiones
que al atardecer parecían trucos de magia,
y nos frotábamos los ojos
para ser un poco más reales que el silencio.

Perdía la noción del tiempo
porque para mí el tiempo
se acaba cuando encuentras ese lugar.
Deberías saber que existe la sensación
de que hay sitios que son capaces
de poner una pausa a tu vida;
una pausa que no es que sepa a punto final,
sino que se convierte en un
final feliz interminable.

De esos que te dura la sonrisa un mes,
que te hace cosquillas en la espalda,
que te pone el bello de punta,
que te hace sentir más guapo.

Da igual cuando leas esto.

Nunca se me dio bien poner fecha de caducidad
a lo que muere por dentro,
porque morir por dentro
es florecer un poco por fuera,
dando sentido a todo lo que no lo tiene.

Acuérdate de que fuimos felices,
que supimos ponernos de pie,
en la cima
y en el fondo.

A día de hoy no soy consciente
de todo lo que una persona
puede llegar a sentir,
que en lugar de hormigas parecen dinosaurios
luchando por salir de mi cuerpo.

Supongo que todo tiene pros y contras,
que hay que saber que hay consecuencias
que te van a difuminar el camino,
que a veces en lugar de abrir los ojos
hay que cerrarlos,
aflojar los puños
en lugar de apretarlos
y hacer como si nada
cuando es todo lo que se te viene encima.

Da igual cuando leas esto.

Supimos superarlo,
mal.

Muy, muy mal.

Por eso, da igual cuando lo leas.

Porque siempre que lo hagas,
vas a seguir preguntándote
si actuar de forma correcta hubiera sido lo correcto.

Que a veces sacia más
equivocarse,
que lo bonito de errar
son las oportunidades que nadie te brinda,
porque te las tienes que ganar tú.

Aunque hayas perdido para siempre.

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