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Vaticinio.

 Me he puesto a escribir en la solapa del ticket del autobús, justo debajo de donde dice: viaje simple 1,40€.

Me hizo gracia, porque apenas hay viajes simples hoy en día, ni siquiera aquellos que no te llevan a ningún sitio. Será que hoy no tenía ninguna cita interesante, que las labores de casa andaban esperando un beso de buenas noches y las caricias de mañana mientras las contemplo desde el sofá. Todo con una taza de leche bien calentita y una docena de galletas que sabe perfectamente que no terminaré la tarea, y luego vendrán a pedirme una segunda oportunidad a la hora de la merienda. Pero a la hora de la merienda quizá no esté en casa, puede que me haya engatusado el curro y esté convirtiendo el tiempo en seiseuroslahora.

—Vaya, ya casi se me ha ido el día. — Pienso mientras vaticino el suspiro que vendrá después, con la insólita obligación de hacerme pensar que habrá merecido la pena.

Sé perfectamente que merecer la pena es esclavizar la alegría, porque en cierto modo, el sinónimo solo está cumpliendo con su deber. El deber, eh. Qué cosas, justo venía hablando de eso. Hay quien los olvida y quien los aprende, quien los distrae y quien los evita, quien los transforma y quien los engulle. 

No me gustaría ser ninguno de esos. Mi deber no es más que mío, pero ni siquiera yo me lo impuse. Solo decidí estar en tal sitio a tal hora y segundo. No es mi culpa que el universo decidiese pasear por donde yo con una lista interminable de reacciones afectivas, entre otras, que condicionarían mi estancia, que no deja de estar de paso. 

—Es que el día que deje de estar de paso, la mayoría mirará como si jamás hubiese mirado. — me da por pensar al bajar del bus. — Y después de mirar por primera vez, ¿qué sentido tiene hacerlo una segunda?

La conexión, la curiosidad y la aceptación. Son cosas que no se compran, ni se ven. 
Sin embargo, todo el mundo anda buscándolas.

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