Ir al contenido principal

Casi acierto, 43.

He tenido que dejar atrás al rencor,
para que cuando me alcance
sienta que me acaba de conocer,
de nuevo.

He tenido que colgar de un rascacielos
para sentir miedo,
para sentir miedo
y que no sea a tu adiós.

He tenido que caminar solo
por la playa
para intentar equivocarme,
para convencerme
de que has estado,
                                                           así
en pasado.


He tenido que cambiar las cosas de sitio,
para que esta vez no me recuerden a ti,
o sí, pero no conmigo.

He hablado con la luna
y esta noche no pasa a buscarme.

He tenido que descoserme las heridas
porque ya no escuecen si no eres tú
quien me las cura. 

He tenido que prometer
que seré fuerte,
que volveré a mirar al frente,
que conseguiré ver más allá
de lo que dejaste.

He tenido que contar los días
que estuve antes de ti,
y aún no me salen las cuentas.

He temido tenerte,
te he tenido,
y ahora temo no hacerlo.

Me he caído de la escalera,
he pisado el suelo mojado,
he perdido la guerra
contra el pirata más temible.

Pero te he querido,
no con un parche en los ojos
sino dos,
ni con una pata de palo
sino tres.

Ahora me toca explicarle a mi tripulación
cómo se deja caer un tesoro al mar.


He tenido que mentir
y no he sabido,
he tenido que decir la verdad
y no la he dicho.

Solo me quedabas tú,
y tampoco sé
si te he tenido.

Comentarios

Entradas populares de este blog

A mi pesar.

 Me ha tocado ser indeleble. Adoptar al viento por la envidia del levante y la ley de la atracción que supone manejar el campo de visión que se me otorga a casi trescientos sesenta grados. Nunca tengo la periferia cubierta del todo. Siempre hay un atisbo, un espejo en ángulo muerto, un visor retro que me dice hasta cuándo estuve y la escala del cómo.  Ahora me ha dado por diseñar gráficos para comparar mi vida y obtener las malditas analíticas de cuánto he mejorado desde que nos despedimos. Lo jodido es que lleva casi un año sin actualizarse porque no tengo tiempo para pararme a pensar. Estoy mejorando, pero no sé medir la velocidad ni los peldaños. No sé en qué flaqueo ni lo que supero con creces. Mi vida es una expectativa. La realidad es que estoy cómodo, no sufro de más pero no dejo de sentirme insuficiente. La diferencia es que es muy diferente. Antes tendía a echarme a llorar y ahora suelo atenuar la importancia hasta alterar la indiferencia que me causa con respecto al ...

La rueda.

Me niego a pensar que no. Quiero decir, en la posible ficción que se crea en tu rubor y mi asfixia. No puedo ejercer con tanto jugo. Hace unos días, pensaba en los demás, en sus ojos. En lo que ven, lo que captan, lo que observan. Y no son tan capaces como nosotros. Porque si tiro más del hilo, encuentro una punta anudando a otra, un extremo consolando a su reverso. Y no es así como las distancias se plantean. Hay veces que uno las atora, las diversifica de tal manera que uno conversa con la interperie y uno reflexiona a gusto del consumidor. ¿Cuánto tiempo debemos mirarnos? Un segundo, uno, y ya han pasado veinte. Si intento materializar el éxito que supone pasear en ti, con tus puentes y cornisas, mantendría un fin arquitectónico y una deuda posiblemente insaciable hasta el resto de mis días. Me refiero, esta atracción ya no cabe en mi mesita de noche. Me devuelvo al lugar donde empecé y me dibujo, sentado, mientras te explico cómo funcionan los literatos y el romanticismo, que el si...

Letras es cuarentena.

Hay un sonido monótono que, alba tras alba, ilumina la oscuridad de la calle. Podría decirse que se esconde entre las ruedas de los automóviles y nos da a elegir entre la acera y la calzada. Ambas están empapadas del mismo frío que disfraza a la atmósfera. El silencio no necesita armas de cuchillo ni fogueo precipitado, antes de pulsar cualquier gatillo, ya podría haber matado a algunas personas. Los días son interminables pero insuficientes, como si nuestra necesidad llevara el mismo nombre de la persona que la condenó. Agachando la cabeza vi a un hombre paseando a su perro y, si la levantaba, veía un sueño hecho pesadilla. Días comunes como ningún otro, en los que el sol tiene miedo a asomarse si no ve a nadie y donde las nubes no dibujan figuritas, ya que el viento no las lleva a ninguna parte. Hacía un día precioso y no había nadie para cuestionarlo.  Para que un segundo pasase, debía presentarse como perdido y las ventanas, eran cárceles de amor y creativ...