Se la oye palpitar a lo lejos. Está nerviosa, no sabe qué hacer pero sabe perfectamente lo que debería hacer. Y no lo hará. Porque tú no quieres que lo haga. Porque no quiere hacerlo. Porque uno mas uno son dos y ella pierde la cuenta cuando no estás a su lado. Y claro que tiembla, tiembla tanto que hace frío allí, donde no quieres que se vaya. -dame la mano, voy a llevarme al lugar más maravilloso del mundo-. Y no se sueltan. O es lo que imaginan. Su pulso se acelera. Alguien de dentro quiere salir pero el semáforo lleva demasiado tiempo en rojo. No se atreve a cruzar, a caer, a levantarse. No quiere mancharse los pies de barro, ni jugar a ser la princesa del cuento que jamás le contaron. Pero allí está, con las manos en la cabeza, pensando en el maldito gato negro con el que se había debido cruzar sin darse cuenta. Bendita mala suerte. Está borracha, pero de algo que no es alcohol y aun así te sigue matando poco a poco. O eso cree. Porque no hay salidas que no la lleven a la puerta por la que entró. Y allí los mendigos son millonarios pero tampoco reparten su dinero. No entiende. Se da la vuelta pero ya has cruzado la esquina. No te ve, pero te siente. Te huele. Te hace estar en todas las partes de su mundo. Eres dios y no lo sabes, su dios. Te dice que si, aunque sea que no. Te pone delante, estando detrás. Se queda ciega cuando el sol te da en la cara. Está todo oscuro, pero ella te sigue viendo. Su sombra se vuelve una silueta de dos abrazados. -Ve tú, que yo te alcanzo-. Y nunca vuelven a caminar sobre la misma línea.
Hasta que la gota aprenda a colmar, supongo. Se supone que es así de necesario, como el albor trata a los ojos que lo contemplan. Buscando el rasguño de paz, la calada de sosiego. Nunca ha sido nunca. El azar se repite, la judería deshabitada. Intenté encontrar un columpio libre, no un parque vacío. Gusanitos llegan, gusanitos van. Unos mutan, otros matan. Unos flirtean, otros se estremecen. No son tan largos los años. Lleva siendo mentira desde ayer, desde que decidí creer. Desde que dije sí a lo que siempre dije no. Desde que las nubes se encierran a llorar. Desde que el desierto es capaz de ahogarse. Kilómetros de silencio, años luz de oscuridad. Así es la astronomía, un mausoleo de estrellas dignas de haber muerto. Ya casi estoy. Fermenté en la aceptación, calcinado hasta el hueso, como los huracanes se llevan hasta lo que no necesitan. Épocas catalogando momentos, canciones que consiguen sacar el sabor de la desgracia. He pecado, pero aún estoy planteándome si voy...
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