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Razón 46 para equivocarse.

Se la oye palpitar a lo lejos. Está nerviosa, no sabe qué hacer pero sabe perfectamente lo que debería hacer. Y no lo hará. Porque tú no quieres que lo haga. Porque no quiere hacerlo. Porque uno mas uno son dos y ella pierde la cuenta cuando no estás a su lado. Y claro que tiembla, tiembla tanto que hace frío allí, donde no quieres que se vaya. -dame la mano, voy a llevarme al lugar más maravilloso del mundo-. Y no se sueltan. O es lo que imaginan. Su pulso se acelera. Alguien de dentro quiere salir pero el semáforo lleva demasiado tiempo en rojo. No se atreve a cruzar, a caer, a levantarse. No quiere mancharse los pies de barro, ni jugar a ser la princesa del cuento que jamás le contaron. Pero allí está, con las manos en la cabeza, pensando en el maldito gato negro con el que se había debido cruzar sin darse cuenta. Bendita mala suerte. Está borracha, pero de algo que no es alcohol y aun así te sigue matando poco a poco. O eso cree. Porque no hay salidas que no la lleven a la puerta por la que entró. Y allí los mendigos son millonarios pero tampoco reparten su dinero. No entiende. Se da la vuelta pero ya has cruzado la esquina. No te ve, pero te siente. Te huele. Te hace estar en todas las partes de su mundo. Eres dios y no lo sabes, su dios. Te dice que si, aunque sea que no. Te pone delante, estando detrás. Se queda ciega cuando el sol te da en la cara. Está todo oscuro, pero ella te sigue viendo. Su sombra se vuelve una silueta de dos abrazados. -Ve tú, que yo te alcanzo-. Y nunca vuelven a caminar sobre la misma línea.

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 Me ha tocado ser indeleble. Adoptar al viento por la envidia del levante y la ley de la atracción que supone manejar el campo de visión que se me otorga a casi trescientos sesenta grados. Nunca tengo la periferia cubierta del todo. Siempre hay un atisbo, un espejo en ángulo muerto, un visor retro que me dice hasta cuándo estuve y la escala del cómo.  Ahora me ha dado por diseñar gráficos para comparar mi vida y obtener las malditas analíticas de cuánto he mejorado desde que nos despedimos. Lo jodido es que lleva casi un año sin actualizarse porque no tengo tiempo para pararme a pensar. Estoy mejorando, pero no sé medir la velocidad ni los peldaños. No sé en qué flaqueo ni lo que supero con creces. Mi vida es una expectativa. La realidad es que estoy cómodo, no sufro de más pero no dejo de sentirme insuficiente. La diferencia es que es muy diferente. Antes tendía a echarme a llorar y ahora suelo atenuar la importancia hasta alterar la indiferencia que me causa con respecto al ...

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