Ir al contenido principal

La constante variable.

Cada vez que he tenido la terrible necesidad de escribir, latía en otro pecho la constante variable. Hurgar en las heridas de otro y sus respectivas prendas: las de sufrir, las de salir a bailar y, por consiguiente, esa bolita de fuego que emerge del mismo vapor que lo apagó la última vez.


Vistas al futuro, la casa con jardín de tus sueños, el techo medio hundido por la decepción de las nubes. Quizá me exijo demasiado. Posiblemente esté en esa época que todos odian, la del conformismo, la feroz y ambigua etapa que empaña los cristalitos por donde una vez entró el sol, pero no se quedó porque odiaba lo que había en el interior.


La constante variable en un pecho ajeno. Juraría por la sombra y la paz que aquello no fue tan fugaz. Que duró lo justito. Que debía estar en esa entraña y a la potencia equivocada. Que los decibelios no entienden de mareas, pero sumisos al mismo puente tumban una ciudad recién iluminada.


Cada vez que tengo la terrible necesidad de escribir, confío. Porque entonces no seré yo quien revise mis actos ni el panorama al que me expongo.


Fijo que es esta etapa la que me confunde. Que mi abuelo no era tan leve, que mis miedos no estaban tan altos.


Una vez salí a verte por dentro y desde entonces no piso la guerra, la subrayo. Cojo el rotulador que más destaque y anoto: este rifle no es mío.

Comentarios

Entradas populares de este blog

A mi pesar.

 Me ha tocado ser indeleble. Adoptar al viento por la envidia del levante y la ley de la atracción que supone manejar el campo de visión que se me otorga a casi trescientos sesenta grados. Nunca tengo la periferia cubierta del todo. Siempre hay un atisbo, un espejo en ángulo muerto, un visor retro que me dice hasta cuándo estuve y la escala del cómo.  Ahora me ha dado por diseñar gráficos para comparar mi vida y obtener las malditas analíticas de cuánto he mejorado desde que nos despedimos. Lo jodido es que lleva casi un año sin actualizarse porque no tengo tiempo para pararme a pensar. Estoy mejorando, pero no sé medir la velocidad ni los peldaños. No sé en qué flaqueo ni lo que supero con creces. Mi vida es una expectativa. La realidad es que estoy cómodo, no sufro de más pero no dejo de sentirme insuficiente. La diferencia es que es muy diferente. Antes tendía a echarme a llorar y ahora suelo atenuar la importancia hasta alterar la indiferencia que me causa con respecto al ...

La rueda.

Me niego a pensar que no. Quiero decir, en la posible ficción que se crea en tu rubor y mi asfixia. No puedo ejercer con tanto jugo. Hace unos días, pensaba en los demás, en sus ojos. En lo que ven, lo que captan, lo que observan. Y no son tan capaces como nosotros. Porque si tiro más del hilo, encuentro una punta anudando a otra, un extremo consolando a su reverso. Y no es así como las distancias se plantean. Hay veces que uno las atora, las diversifica de tal manera que uno conversa con la interperie y uno reflexiona a gusto del consumidor. ¿Cuánto tiempo debemos mirarnos? Un segundo, uno, y ya han pasado veinte. Si intento materializar el éxito que supone pasear en ti, con tus puentes y cornisas, mantendría un fin arquitectónico y una deuda posiblemente insaciable hasta el resto de mis días. Me refiero, esta atracción ya no cabe en mi mesita de noche. Me devuelvo al lugar donde empecé y me dibujo, sentado, mientras te explico cómo funcionan los literatos y el romanticismo, que el si...

Ya no quiere ser fuerte.

Ya no salta. Piensa que se ha hecho mayor y que ya nadie quiere jugar a ser el astronauta que va saltando sobre sus lunares. Dice que está triste, que el mundo está triste. Y eso la hace estar más triste aún. Se le ha escapado una sonrisa, corred y pedid un deseo. Deseo no estar aquí. Deseo ser libre atada a sus brazos. No me acuerdo, pero era preciosa. Y educada, siempre me preguntaba si quería echar otro. Adivinadlo, no estoy hablando de pitis. Cuando el sol se pone su mundo se agita, se vuelca, se consume. No se siente capacitada para vivir sola, y define sola: sin ti. Mira por la ventana buscando excusas, un viento que venga con propósitos y dos cojones para reformar su corazón, su cajita fuerte. Grita a sabiendas de que no la escuchan, pide auxilio en voz baja porque no quiere que nadie la suba a su espalda. Le dan miedo las alturas, pero volar es su hijo pequeño, el amor arcano del que no ve sólo porque no quiere ver. Hace laberintos en su mente, se pierde por un mundo que...