Ir al contenido principal

La abstinencia del escritor.


He cambiado siete veces el tipo de letra porque no era la recomendada por algunos especialistas. Ya que, dependiendo de lo que escriba, me va a sugerir unas emociones u otras debilidades. No quiero otra que no lleve tu nombre. Me pasa mucho que no consigo idealizar el camino que mis palabras deben tomar para llegar a ese final. Inesperado quizá. No lo sé, pero anhelo una conclusión leve, sin rasguños, que cale dentro del alma que sabe saborear lo infinito. Tal vez pretenda hacerte pensar que escribo porque tengo motivos para hacerlo y, en realidad, casi siempre suelto una excusa diferente. Le temo a la lectura tardía por el nivel de caducidad de los sentimientos, a la frescura que se encierra en la sangre que quiere hervir, pero no encuentra calor en el cuerpo que la posee. Al fin y al cabo, nuestros vasos sanguíneos se colman por la de veces que hemos sangrado. Pertenecer a un círculo de imaginadores nunca fue mi vocación, pero luego recuerdo que también hay volcanes que no volverán a erupcionar ante las personas que los clasifican.

“No estoy apagado, es que hoy no me apetece arder”.

Es algo parecido, las letras salen por las manos que las soban, por la boca que las cose, por el sentido que se lo quita. Miles de veces me ha pasado que quiero retratarte en un texto y, por un motivo u otro, aparezco yo, pidiendo perdón, en el mismo rinconcito de siempre. Puede ser que lleve una secuela permanente o que aquello que debo me imposibilita ofrecerlo. Incluso he llegado a pensar que no vale la pena pensarlo tanto. Pero allí sigo, acurrucado en mi pensamiento, como si dar rienda suelta a esto que escribo supusiera encadenarlo a tu destino. He llegado a pensar que no habitamos el mismo universo, que cuando tú bailas mis letras están haciendo un flan; que cuando cantas ellas se ciñen a regar las plantas. Pero puedo asegurarte que, mientras realizas todas esas cosas que te hacen feliz, mis letras estarán siempre aplastando a la tristeza que quiera venir a destrozarte ese momento.

Comentarios

Entradas populares de este blog

A mi pesar.

 Me ha tocado ser indeleble. Adoptar al viento por la envidia del levante y la ley de la atracción que supone manejar el campo de visión que se me otorga a casi trescientos sesenta grados. Nunca tengo la periferia cubierta del todo. Siempre hay un atisbo, un espejo en ángulo muerto, un visor retro que me dice hasta cuándo estuve y la escala del cómo.  Ahora me ha dado por diseñar gráficos para comparar mi vida y obtener las malditas analíticas de cuánto he mejorado desde que nos despedimos. Lo jodido es que lleva casi un año sin actualizarse porque no tengo tiempo para pararme a pensar. Estoy mejorando, pero no sé medir la velocidad ni los peldaños. No sé en qué flaqueo ni lo que supero con creces. Mi vida es una expectativa. La realidad es que estoy cómodo, no sufro de más pero no dejo de sentirme insuficiente. La diferencia es que es muy diferente. Antes tendía a echarme a llorar y ahora suelo atenuar la importancia hasta alterar la indiferencia que me causa con respecto al ...

La rueda.

Me niego a pensar que no. Quiero decir, en la posible ficción que se crea en tu rubor y mi asfixia. No puedo ejercer con tanto jugo. Hace unos días, pensaba en los demás, en sus ojos. En lo que ven, lo que captan, lo que observan. Y no son tan capaces como nosotros. Porque si tiro más del hilo, encuentro una punta anudando a otra, un extremo consolando a su reverso. Y no es así como las distancias se plantean. Hay veces que uno las atora, las diversifica de tal manera que uno conversa con la interperie y uno reflexiona a gusto del consumidor. ¿Cuánto tiempo debemos mirarnos? Un segundo, uno, y ya han pasado veinte. Si intento materializar el éxito que supone pasear en ti, con tus puentes y cornisas, mantendría un fin arquitectónico y una deuda posiblemente insaciable hasta el resto de mis días. Me refiero, esta atracción ya no cabe en mi mesita de noche. Me devuelvo al lugar donde empecé y me dibujo, sentado, mientras te explico cómo funcionan los literatos y el romanticismo, que el si...

Ya no quiere ser fuerte.

Ya no salta. Piensa que se ha hecho mayor y que ya nadie quiere jugar a ser el astronauta que va saltando sobre sus lunares. Dice que está triste, que el mundo está triste. Y eso la hace estar más triste aún. Se le ha escapado una sonrisa, corred y pedid un deseo. Deseo no estar aquí. Deseo ser libre atada a sus brazos. No me acuerdo, pero era preciosa. Y educada, siempre me preguntaba si quería echar otro. Adivinadlo, no estoy hablando de pitis. Cuando el sol se pone su mundo se agita, se vuelca, se consume. No se siente capacitada para vivir sola, y define sola: sin ti. Mira por la ventana buscando excusas, un viento que venga con propósitos y dos cojones para reformar su corazón, su cajita fuerte. Grita a sabiendas de que no la escuchan, pide auxilio en voz baja porque no quiere que nadie la suba a su espalda. Le dan miedo las alturas, pero volar es su hijo pequeño, el amor arcano del que no ve sólo porque no quiere ver. Hace laberintos en su mente, se pierde por un mundo que...