Ir al contenido principal

Algo grande.


Tengo la sensación de que vine al mundo para hacer algo grande. Y eso que carezco de todo tipo de súper poderes. Una vez fui invisible pero, en parte, era un minúsculo saco de huesos que distorsionaba el círculo social que habitaba. No era invisible, pero sí sentía que lo era. Me veía debajo, al lado, a cientos de kilómetros de cualquier personalidad de provecho o destacada. Estaba ahí, pero no sabía por ni para qué. Era bastante raro. Poco a poco fui adquiriendo conocimientos sobre las personas, me abrí a nuevas carencias o necesidades públicas que parecieron influenciarme hacia un nuevo camino que traía consigo las causas suficientes para empezar una nueva guerra. Me tocó luchar por ser otra persona, por querer ser otra persona. A fin de cuentas, uno se convierte en muchas cosas a lo largo de la vida sin tener que recurrir a la transformación obligada. Subí a algunos rascacielos buscando la perspectiva perfecta para contemplar una lluvia de estrellas y, acto seguido, me lancé hacia el suelo en busca de mi lugar de procedencia: las mismísimas personas. Hemos salido a ellas y de ellas, de un palo que no quiso que fuéramos astilla. O sí. Haz pensar al mundo y volverán para recordarte que ya han obtenido una respuesta. Yo me crie en un barrio pequeñito donde, ser algo grande, quedaba muy, muy lejos. Aprendí a andar y no tuve bastante, quise aprender a correr y ahora que sé, tengo una opinión para los que crearon las habilidades humanas: se os han olvidado las alas.
Ese mismo día que aprendí a correr, fui consciente de que jamás iba a poder volar.
Por eso me fabriqué mis propias alas: los libros, los orgasmos, el amor y los sentimientos.

No viajo a la velocidad de la luz, pero sé quedarme para siempre.

Comentarios

Entradas populares de este blog

A mi pesar.

 Me ha tocado ser indeleble. Adoptar al viento por la envidia del levante y la ley de la atracción que supone manejar el campo de visión que se me otorga a casi trescientos sesenta grados. Nunca tengo la periferia cubierta del todo. Siempre hay un atisbo, un espejo en ángulo muerto, un visor retro que me dice hasta cuándo estuve y la escala del cómo.  Ahora me ha dado por diseñar gráficos para comparar mi vida y obtener las malditas analíticas de cuánto he mejorado desde que nos despedimos. Lo jodido es que lleva casi un año sin actualizarse porque no tengo tiempo para pararme a pensar. Estoy mejorando, pero no sé medir la velocidad ni los peldaños. No sé en qué flaqueo ni lo que supero con creces. Mi vida es una expectativa. La realidad es que estoy cómodo, no sufro de más pero no dejo de sentirme insuficiente. La diferencia es que es muy diferente. Antes tendía a echarme a llorar y ahora suelo atenuar la importancia hasta alterar la indiferencia que me causa con respecto al ...

La rueda.

Me niego a pensar que no. Quiero decir, en la posible ficción que se crea en tu rubor y mi asfixia. No puedo ejercer con tanto jugo. Hace unos días, pensaba en los demás, en sus ojos. En lo que ven, lo que captan, lo que observan. Y no son tan capaces como nosotros. Porque si tiro más del hilo, encuentro una punta anudando a otra, un extremo consolando a su reverso. Y no es así como las distancias se plantean. Hay veces que uno las atora, las diversifica de tal manera que uno conversa con la interperie y uno reflexiona a gusto del consumidor. ¿Cuánto tiempo debemos mirarnos? Un segundo, uno, y ya han pasado veinte. Si intento materializar el éxito que supone pasear en ti, con tus puentes y cornisas, mantendría un fin arquitectónico y una deuda posiblemente insaciable hasta el resto de mis días. Me refiero, esta atracción ya no cabe en mi mesita de noche. Me devuelvo al lugar donde empecé y me dibujo, sentado, mientras te explico cómo funcionan los literatos y el romanticismo, que el si...

Letras es cuarentena.

Hay un sonido monótono que, alba tras alba, ilumina la oscuridad de la calle. Podría decirse que se esconde entre las ruedas de los automóviles y nos da a elegir entre la acera y la calzada. Ambas están empapadas del mismo frío que disfraza a la atmósfera. El silencio no necesita armas de cuchillo ni fogueo precipitado, antes de pulsar cualquier gatillo, ya podría haber matado a algunas personas. Los días son interminables pero insuficientes, como si nuestra necesidad llevara el mismo nombre de la persona que la condenó. Agachando la cabeza vi a un hombre paseando a su perro y, si la levantaba, veía un sueño hecho pesadilla. Días comunes como ningún otro, en los que el sol tiene miedo a asomarse si no ve a nadie y donde las nubes no dibujan figuritas, ya que el viento no las lleva a ninguna parte. Hacía un día precioso y no había nadie para cuestionarlo.  Para que un segundo pasase, debía presentarse como perdido y las ventanas, eran cárceles de amor y creativ...