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Desátame los miedos.

Aprendí a jugar con el fuego de tal manera que acabó gustándome la sensación de terminar convertido en cenizas.
A saber que después de todo nos llevaríamos algo el uno del otro, aunque no siempre a todo el mundo le corresponda la misma parte.
Y en este caso, te tocó elegir a ti.
Poco se habla de lo que dejamos a medias, de lo que no se habla, del te va a doler si lo grito con la misma fuerza que tiene lo que no quiero pronunciar. Porque eso, eso me va a doler a mí.
Estás a tomar por culo de kilómetros y aún así siento escalofríos cuando me noto sin ti, cuando duele ahí,  justo donde no estás.
Desátame los miedos, deja que huyan y busquen cobijo en algunas mejillas de cara al sol.
Nos hicimos polvo cuando el invierno decidió ponerle un grado menos a todo esto.
Maldita sea, no sabes el mal sabor de boca que deja no terminar una historia como se merece.
Y tú, qué querías que hiciese, si yo solo no supe quererte.
A ti te dejé el resto, el resto de mi vida y un par de besos porque sí dentro del bolso.
Tampoco he creído nunca en aquellos que fingían ser dueños de una sonrisa, por eso yo me tiré a tus pies en cuanto te vi sonreír.
Y se nos fue, como quien tiene prisa por fumarse un cigarro, y es que las cosas así, que te ahogan, hay que llevarlas despacio.
Pero qué más da, si he visto al amor ponerme la zancadilla y luego reírse de mí por las hostias que me daba.
Y te juro que no tengo ni idea, que me hubiera gustado saber qué piensas de todas las caricias que se hicieron daño en los nudillos de tanto golpearte las ojeras.
No me llevo muy bien con los puntos finales, y eso tú lo debes de saber mejor que yo, que todavía ando buscando la salida entre los lunares de tu espalda.

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